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Con la llegada de la Inteligencia Artificial, ¿Necesitamos un nuevo Contrato Educativo?

En el mundo, los foros internacionales más relevantes —desde el G7 y su Hiroshima AI Process, hasta la UNESCO y la OCDE— coinciden en una idea central: la universidad es uno de los actores estratégicos más importantes en la era de la inteligencia artificial. No sólo porque forma a los líderes del mañana, sino porque tiene la capacidad de orientar el presente con ética, innovación y visión de futuro.


En México, en una mesa de trabajo organizada por la Alianza Nacional de Inteligencia Artificial (ANIA) y OpenAI, expertos discutieron cómo las instituciones de educación superior deben responder a un hecho innegable: la IA ya se usa masivamente en las aulas, sobre todo por estudiantes. El reto no es prohibir, sino integrar y gobernar su uso.


Hoy la IA se emplea en tres grandes frentes:

  1. Enseñanza y aprendizaje, como tutores personalizados y apoyo al profesorado.

  2. Procesos administrativos, desde la redacción hasta la gestión de trámites.

  3. Investigación, con resúmenes automatizados y filtrado de literatura.

Pero reducir la IA a un uso instrumental sería un error. La educación necesita ir más allá: alfabetización algorítmica, formación ética y desarrollo de competencias humanas como pensamiento crítico, resolución de problemas, juicio y creatividad.


Los riesgos también están sobre la mesa: aprendizaje superficial, erosión de la integridad académica, brechas entre estudiantes (usuarios intensivos) y docentes (con adopción desigual), así como problemas de privacidad, equidad y salud mental.

Ante ello, los consensos internacionales y las propuestas surgidas en la mesa ANIA–OpenAI convergen en una ruta de acción:

  • Gobernanza institucional: comités interdisciplinarios y políticas claras de uso de IA, alineadas con derechos humanos, transparencia y evaluación de impactos.

  • Alfabetización 2.0: programas de capacitación para estudiantes, docentes y directivos, que certifiquen habilidades técnicas, prácticas y éticas.

  • Currículo y evaluación: integrar la IA transversalmente en todas las materias, con micro-credenciales apilables y nuevas formas de evaluar que prioricen competencias humanas.

  • Infraestructura y acceso: hubs de cómputo compartido y sandboxes académicos que eviten que el acceso a la IA sea privilegio de unos pocos.

  • Ecosistemas colaborativos: alianzas entre academia, industria, gobierno y sociedad civil para innovar con responsabilidad.


La universidad mexicana está llamada a construir un nuevo contrato educativo. Un modelo flexible, basado en el aprendizaje continuo y en la integración ética de la IA. Si lo logra, no sólo acompañará a los estudiantes en la era digital: también podrá garantizar que la inteligencia artificial sea palanca de equidad, empleabilidad e innovación con propósito.


Porque si la universidad no lidera, otros lo harán, y corremos el riesgo de que la IA amplíe las brechas que prometió cerrar. El futuro del conocimiento, la equidad y la democracia depende de que nuestras casas de estudio asuman este papel histórico.


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