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Inteligencia artificial, clima y geopolítica: sin cooperación no hay futuro

La ONU advierte que los mayores riesgos del siglo XXI no se podrán enfrentar de forma

aislada. México tiene la oportunidad de convertirse en referente en regulación digital si

apuesta por la cooperación y el bien común.


El primer “Global Risk Report” de Naciones Unidas es un documento histórico y una

llamada de alerta. Identifica 28 riesgos críticos que amenazan la estabilidad del planeta:

desde el cambio climático hasta nuevas pandemias, pasando por ciberataques,

desinformación, crisis migratorias y la concentración del poder tecnológico. La conclusión

es clara: ningún país, empresa o institución puede enfrentarlos solo. La cooperación global

no es un lujo, es una condición de supervivencia.


Los riesgos ambientales dominan la lista. La inacción climática, la pérdida de

biodiversidad y la degradación de los ecosistemas son ya realidades que se traducen en

sequías, huracanes, incendios forestales y desplazamientos forzados. Estos fenómenos, lejos

de ser 'naturales', son multiplicadores de desigualdad y conflicto social. A ellos se suma la

aceleración tecnológica: la inteligencia artificial, la biotecnología y las

neurotecnologías ofrecen oportunidades sin precedentes, pero también plantean dilemas

éticos y de seguridad que ningún Estado puede resolver solo.


El informe advierte que el sistema multilateral actual no está preparado. Falta capacidad de

priorizar riesgos, coordinación entre países y, sobre todo, confianza. Sin cambios

estructurales, los escenarios de futuro que plantea la ONU van desde la parálisis y el colapso

hasta un 'breakthrough': un salto hacia un mundo más próspero, verde y seguro, basado en

la cooperación reforzada.


Frente a este panorama, la regulación se convierte en brújula. La Unión Europea ya dio

un paso histórico con el AI Act, el primer marco integral para regular la inteligencia

artificial, que clasifica sistemas según su nivel de riesgo. En Estados Unidos, la Casa Blanca

ha emitido órdenes ejecutivas para garantizar transparencia, seguridad y responsabilidad

en el desarrollo de tecnologías emergentes. En América Latina, países como Brasil y Chile

han empezado a debatir leyes sobre IA, ciberseguridad y protección de datos.


Nuestro país tiene la oportunidad de no quedarse atrás. En el Senado impulsé iniciativas de

vanguardia: la Ley General de Ciberseguridad, que busca fortalecer la resiliencia nacional

frente a amenazas digitales y la confianza digital ; la Ley General de Neuroderechos y

Neurotecnologías, pionera en proteger la mente humana frente a usos indebidos; y la Reforma Constitucional en materia de Inteligencia Artificial, Ciberseguridad, y

Derechos Digitales, que plantea la base para una gobernanza democrática de estas

tecnologías.


Estas propuestas no son ejercicios aislados. Se construyeron de manera colaborativa en la

Alianza Nacional de Inteligencia Artificial (ANIA) y responden a un contexto global donde la

regulación se entiende ya no como un freno a la innovación, sino como el marco que

permite que la innovación florezca con legitimidad, equidad y confianza social.


Estamos en un punto de inflexión. Los riesgos globales que describe Naciones Unidas son

reales y están interconectados. La pregunta no es si los enfrentaremos, sino si lo haremos

divididos o juntos. México puede jugar un papel relevante si apuesta por marcos

regulatorios claros, con visión de derechos humanos, inclusión y sostenibilidad.


En un mundo fragmentado, la cooperación internacional, la regulación inteligente y la

gobernanza colaborativa y distribuida son caras de una misma moneda. Si elegimos la

colaboración sobre la fragmentación, esta década podría recordarse no como la del colapso, sino como la del gran salto hacia adelante.


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