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Mito 1: sobre el ejercicio


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"Come menos, muévete más.""Calorías que entran, calorías que salen."


Si creciste en los 80 y después te adentraste en el mundo del fitness, seguro escuchaste estas frases. Eran los mantras de entrenadores y de revistas durante décadas. De hecho, esta visión viene de mucho antes: en 1918 la doctora Lulu Hunt Peters publicó el best-seller “Diet and Health: With Key to the Calories”, donde afirmaba:

"De ahora en adelante, vas a comer calorías de comida. En lugar de decir una rebanada de pan o un pedazo de pastel, dirás 100 calorías de pan o 350 calorías de pastel."

Asoció fuertemente la dieta con la moralidad… y, como era de esperar, ella misma sufría un trastorno alimenticio.


Con el éxito de su libro nació contar calorías y se sembraron las bases de lo que hoy conocemos como cultura de la dieta.


Desde entonces, el ejercicio ha sido reducido a “quemar calorías”, bajo la ecuación: “Quema más de lo que comes”. Generación tras generación, se nos vendió la idea de que la salud humana podía reducirse a una simple fórmula matemática.


Y esa idea está equivocada.


Hoy, cuando hablamos de “ejercicio”, la mayoría lo asocia con bajar de peso o mantenerlo, Es visto como un quemador de calorías, como una forma de perder peso, generar un déficit calórico: comer menos o moverte más.


Pero realmente no funciona así. El antropólogo Herman Ponzer estudió el gasto energético diario de los Hadza —una comunidad de cazadores-recolectores en Tanzania, considerados un modelo de vida activa— y lo comparó con el de poblaciones sedentarias en EE.UU. y Europa.

El resultado fue sorprendente:

“Los hombres Hadza consumen y queman unas 2,600 calorías al día, las mujeres unas 1,900. Prácticamente igual que los adultos en EE.UU. o Europa. No encontramos diferencias, incluso considerando tamaño corporal, grasa, edad y sexo. ¿Cómo era posible? ¿Qué estábamos entendiendo mal sobre la biología humana?”

En resumen: personas con estilos de vida extremadamente activos queman casi lo mismo que quienes llevan una vida moderadamente activa.


¿La razón? El cuerpo se adapta. Cuando aumentas tu actividad física, no simplemente sumas más y más gasto energético sobre tu base. Tu cuerpo reorganiza recursos, reduciendo el gasto en otros procesos internos (inflamación, respuesta al estrés, reparación celular) para compensar. Llega un punto en que el gasto calórico se estanca.


El ejercicio no es solo “quemar calorías”. Su verdadero valor está en todo lo que hace por tu cuerpo y tu mente:


1. Comunicación celular

Moverte mejora la sensibilidad a la insulina, reduce señales inflamatorias y fortalece tus mitocondrias (las famosas “centrales energéticas” de tus células). Resultado: más energía, menos fatiga y envejecimiento más lento.


2. Regulación hormonal

El músculo es un órgano endocrino: al ejercitarlo, libera mioquinas, mensajeros que reducen la inflamación, mejoran el ánimo, fortalecen el sistema inmune y regulan el metabolismo.


3. Cerebro más fuerte

El movimiento aumenta la producción de BDNF (Factor Neurotrófico Derivado del Cerebro), que actúa como “fertilizante para las neuronas”. Esto mejora la memoria, la concentración, el aprendizaje y regula el estado de ánimo.

El ejercicio es medicina.


No es un castigo por lo que comiste ni una simple herramienta para bajar de peso.Es un reseteo completo de tu sistema, una farmacia interna que regula hormonas, rejuvenece el cerebro y mejora tu bienestar integral.


Mover tu cuerpo no es un castigo, es un privilegio.No se trata de compensar lo que comiste, sino de construir salud, energía, vitalidad y resiliencia.


Ejercicio es conexión mente-cuerpo. Es longevidad. Es claridad mental. Es placer. Es calidad de vida.


Y eso no puede medirse solo en calorías.

 
 
 

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